Los aullidos no son perceptibles desde el exterior, unicamente si se esta cerca del cuarto humedo. La dama aguarda vestida con un overol de jardinero, poda tranquilamente algunas plantas de su jardín. Cuando los aullidos cambian a gemidos, será hora de remover las pepitas.
Atardecía cuando, los gemidos comenzaron, a ella no le gustaba trabajar con poca luz, pero no podía esperar más tiempo, las pepitas deberían estar listas en poco tiempo, "el tiempo no puede perderse, es el recurso más valioso que se tiene, sin embargo el más intangible y poco comprendido."
Extrañamente, era una noche con muchas estrellas, la lluvia había decidido descansar. La puerta crujió al abrirse. La criatura corrió se refugió en un rincón. Ella se acerco pesadamente, con paso lento. Tomo a la criatura de una pierna, ofreció esta poca resistencia ya que se encontraba débil, debido a su cabeza plana, era fácil sujetarla, la dama tomó un gran picahielo y lo hundió de un golpe certero en la cabeza, inmovilizando a la criatura.
A continuación procedió a cortar las pepitas que sobresalían de la espalda de la criatura, eran unas semillas verde oscuro, ovaladas, como del tamaño de un pepino, aunque muy delgadas, con unas tijeras de podar era fácil cortarlas, aunque el escurrir de la sangre era inevitable, las semillas estaban adheridas a la carne. Criatura lloraba.
Al fondo del patio, por fuera del cuarto humedo, se encontraba una estufa antigua, que funciona con carbón. Ahí ella incineraba el overol, inutil sería lavarlo. Ella colocó una bolsa de arroz más en el cuarto humedo, necesitaba que la criatura recuperará un poco fuerza.
Las pepitas en un medio adecuado crecerían hasta convertirse en unas setas enormes, con sabor a carne de cocodrilo y almendras, lo único malo es que una vez cortadas y en refrigeración solo perduran frescas por un par de días, por lo que son muy apreciadas, tanto que es posible cobrar una fortuna por unos pocos kilos de las setas.
Cada que recibe un cheque, ella recuerda el día en que le dijo a su marido: "No me has dado la vida que yo quiero, gusano ingrato, pero algún día viviré de tí, te lo juro".
fin
Atardecía cuando, los gemidos comenzaron, a ella no le gustaba trabajar con poca luz, pero no podía esperar más tiempo, las pepitas deberían estar listas en poco tiempo, "el tiempo no puede perderse, es el recurso más valioso que se tiene, sin embargo el más intangible y poco comprendido."
Extrañamente, era una noche con muchas estrellas, la lluvia había decidido descansar. La puerta crujió al abrirse. La criatura corrió se refugió en un rincón. Ella se acerco pesadamente, con paso lento. Tomo a la criatura de una pierna, ofreció esta poca resistencia ya que se encontraba débil, debido a su cabeza plana, era fácil sujetarla, la dama tomó un gran picahielo y lo hundió de un golpe certero en la cabeza, inmovilizando a la criatura.
A continuación procedió a cortar las pepitas que sobresalían de la espalda de la criatura, eran unas semillas verde oscuro, ovaladas, como del tamaño de un pepino, aunque muy delgadas, con unas tijeras de podar era fácil cortarlas, aunque el escurrir de la sangre era inevitable, las semillas estaban adheridas a la carne. Criatura lloraba.
Al fondo del patio, por fuera del cuarto humedo, se encontraba una estufa antigua, que funciona con carbón. Ahí ella incineraba el overol, inutil sería lavarlo. Ella colocó una bolsa de arroz más en el cuarto humedo, necesitaba que la criatura recuperará un poco fuerza.
Las pepitas en un medio adecuado crecerían hasta convertirse en unas setas enormes, con sabor a carne de cocodrilo y almendras, lo único malo es que una vez cortadas y en refrigeración solo perduran frescas por un par de días, por lo que son muy apreciadas, tanto que es posible cobrar una fortuna por unos pocos kilos de las setas.
Cada que recibe un cheque, ella recuerda el día en que le dijo a su marido: "No me has dado la vida que yo quiero, gusano ingrato, pero algún día viviré de tí, te lo juro".
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