En la india se avientan unas acrobacias medio locochonas
martes, 27 de abril de 2010
Muerte 2
Ella no puede dormir, el duerme plácidamente. No soporta los ronquidos de él. Además tiene una expresión pacífica, seguramente ha de soñar algo encantador. Por supuesto, casi siempre se hace lo que él quiere. Con todos los sueños cumplidos, cualquiera duerme bien. La comida tiene que ser del gusto de él. Sus horarios se ajustan o los de él. A la hora del placer el solo siente para él olvidando que son dos los que comparten una misma piel.
Ella tiene debajo del colchón esa bolsa, con sus dedos acaricia la bolsa. Es de un plástico como cualquiera, para guardar almuerzos, le gusto especialmente ese tipo de bolsa ya que los ruidos del plástico son apenas imperceptibles
El está de espaldas a ella, ella observa los pelos de la espalda, tal vez sea desagradable, pero ya se ha habituado. Después de un tiempo, uno se habitúa a todos los aspectos físicos del cuerpo desnudo del otro. Él se ha habituado a sus lagañas, así como al olor que ella emana de entre sus piernas. En ciertos días el aroma es muy penetrante ante su olfato femenino, pero a él no parece importarle, incluso en esos días en que a ella le parece más fétido, es cuando el acostumbra escribir el abecedario con la lengua. Realmente ella quisiera que él fuera más alto, pero algunas cosas se compensaran con otras. Supone que a él le pasa lo mismo que a ella, a lo mejor él prefiere otro color de cabello, o una cintura más ajustada, o tal vez ella esta describiendo a esa otra mujer, desde que ella la conoció sus sospechas se convirtieron en certeza.
La idea del ahogamiento le vino a la mente durante un reportaje acerca de los derechos humanos, en el cual denunciaban que la policía seguía utilizando las viejas prácticas de tortura de forzar confesiones colocando una bolsa en la cabeza del inculpado acompañándolo de golpes en las costillas. Al terminar su jornada laboral ella tenía la oficina para sí misma. Extendió una bolsa sobre el escritorio. Cubrió su cabeza y jaló. Sintió el ahogo, el aire que se agota rápidamente y la desesperación, la adrenalina subió a su cabeza. Por eso dice la etiqueta: “Esta bolsa no es un juguete, aléjese de los niños pequeños”.
Ella no lo odia por haberse ido con aquella mujer, tal vez ya lo esperaba de él. Lo que realmente le molesta a ella, es su egoísmo. Solo le ha pedido muy pocas cosas, sacrificios insignificantes, si es que se pueden considerar sacrificios. Detalles, como no desordenar demasiado el hogar, llevar el vaso a la tarja, doblar la ropa, orinar en el centro de la taza, todo aquello puede pasar desapercibido. Lo que realmente le molestó fue el desprecio por sus gustos. A ella le embriaga escuchar los cantos, especialmente los cantos religiosos de su iglesia. Eventualmente se ofician misas con violines y tenores. Dentro de la iglesia con el incienso encendido, la acústica de los grandes techos de bóveda de las iglesias, las imágenes religiosas y las historias crueles del primer testamento hacían que ella entrara en estado de misticismo total durante aquellas misas. Cuestiones no compartidas por él, siempre prefiriendo irse a otro lado, a embriagarse, jugar futbol, visitar a los amigos, ver televisión sin verla realmente, cualquier cosa excepto acompañarla.
Con la sutil delicadeza femenina, ella desliza sus dedos debajo del colchón, extiende delicadamente la bolsa frente a él, no es momento de pegarla al rostro, sabe que debe ser de un solo golpe, para que no tenga ocasión de respirar, observa por última vez el rostro de él que duerme plácidamente en su sueño pesado.
Ella pega la bolsa al rostro de él, fuertemente la jala hacia sí, mientras que con el pie en la espalda de él lo empuja, ella siente una fuerza extraordinaria, tal vez sea adrenalina, pero en ese momento ella tiene mayor fuerza, él no ha podido salir de su sorpresa, solo siente como su nariz es aplastada por una fuerza invisible, apenas cuando empieza a darse cuenta de lo que sucede, su último aliento es sofocado… todo se ha vuelto negro e imperceptible.
El esfuerzo que ella ha hecho, comienza a sentirse, los brazos sienten dolor, el aire hace falta, y el cadáver en su cama la horroriza, sin embargo la quietud de él la asombra, ha quedado unas marcas en su cuello y la nariz parece un poco chueca, no soporta su mirada perdida, así que cierra sus ojos. Busca un poco de maquillaje y sombras, sobre los parpados dibuja otros ojos, grotescos, pero más soportables. Se desnuda y cepilla su pelo, ella dormirá junto a él determinada a no separarse ni por un momento del lecho, se ha dado cuenta que ahora ama al cadáver sobre todas las cosas…
Ella tiene debajo del colchón esa bolsa, con sus dedos acaricia la bolsa. Es de un plástico como cualquiera, para guardar almuerzos, le gusto especialmente ese tipo de bolsa ya que los ruidos del plástico son apenas imperceptibles
El está de espaldas a ella, ella observa los pelos de la espalda, tal vez sea desagradable, pero ya se ha habituado. Después de un tiempo, uno se habitúa a todos los aspectos físicos del cuerpo desnudo del otro. Él se ha habituado a sus lagañas, así como al olor que ella emana de entre sus piernas. En ciertos días el aroma es muy penetrante ante su olfato femenino, pero a él no parece importarle, incluso en esos días en que a ella le parece más fétido, es cuando el acostumbra escribir el abecedario con la lengua. Realmente ella quisiera que él fuera más alto, pero algunas cosas se compensaran con otras. Supone que a él le pasa lo mismo que a ella, a lo mejor él prefiere otro color de cabello, o una cintura más ajustada, o tal vez ella esta describiendo a esa otra mujer, desde que ella la conoció sus sospechas se convirtieron en certeza.
La idea del ahogamiento le vino a la mente durante un reportaje acerca de los derechos humanos, en el cual denunciaban que la policía seguía utilizando las viejas prácticas de tortura de forzar confesiones colocando una bolsa en la cabeza del inculpado acompañándolo de golpes en las costillas. Al terminar su jornada laboral ella tenía la oficina para sí misma. Extendió una bolsa sobre el escritorio. Cubrió su cabeza y jaló. Sintió el ahogo, el aire que se agota rápidamente y la desesperación, la adrenalina subió a su cabeza. Por eso dice la etiqueta: “Esta bolsa no es un juguete, aléjese de los niños pequeños”.
Ella no lo odia por haberse ido con aquella mujer, tal vez ya lo esperaba de él. Lo que realmente le molesta a ella, es su egoísmo. Solo le ha pedido muy pocas cosas, sacrificios insignificantes, si es que se pueden considerar sacrificios. Detalles, como no desordenar demasiado el hogar, llevar el vaso a la tarja, doblar la ropa, orinar en el centro de la taza, todo aquello puede pasar desapercibido. Lo que realmente le molestó fue el desprecio por sus gustos. A ella le embriaga escuchar los cantos, especialmente los cantos religiosos de su iglesia. Eventualmente se ofician misas con violines y tenores. Dentro de la iglesia con el incienso encendido, la acústica de los grandes techos de bóveda de las iglesias, las imágenes religiosas y las historias crueles del primer testamento hacían que ella entrara en estado de misticismo total durante aquellas misas. Cuestiones no compartidas por él, siempre prefiriendo irse a otro lado, a embriagarse, jugar futbol, visitar a los amigos, ver televisión sin verla realmente, cualquier cosa excepto acompañarla.
Con la sutil delicadeza femenina, ella desliza sus dedos debajo del colchón, extiende delicadamente la bolsa frente a él, no es momento de pegarla al rostro, sabe que debe ser de un solo golpe, para que no tenga ocasión de respirar, observa por última vez el rostro de él que duerme plácidamente en su sueño pesado.
Ella pega la bolsa al rostro de él, fuertemente la jala hacia sí, mientras que con el pie en la espalda de él lo empuja, ella siente una fuerza extraordinaria, tal vez sea adrenalina, pero en ese momento ella tiene mayor fuerza, él no ha podido salir de su sorpresa, solo siente como su nariz es aplastada por una fuerza invisible, apenas cuando empieza a darse cuenta de lo que sucede, su último aliento es sofocado… todo se ha vuelto negro e imperceptible.
El esfuerzo que ella ha hecho, comienza a sentirse, los brazos sienten dolor, el aire hace falta, y el cadáver en su cama la horroriza, sin embargo la quietud de él la asombra, ha quedado unas marcas en su cuello y la nariz parece un poco chueca, no soporta su mirada perdida, así que cierra sus ojos. Busca un poco de maquillaje y sombras, sobre los parpados dibuja otros ojos, grotescos, pero más soportables. Se desnuda y cepilla su pelo, ella dormirá junto a él determinada a no separarse ni por un momento del lecho, se ha dado cuenta que ahora ama al cadáver sobre todas las cosas…
Muerte 3
El bebé ha jugado ya mucho con su abuelo, sus carros y su muñeco favorito. Su grande abuelo duerme, su siempre fiel vaso de agua se encuentra junto a su cama. En ese vaso coloca unas gotas, es su medicina. El pequeño niño, recién estrenado en el arte de caminar, observa siempre como a determinada hora, su abuelo agrega unas gotas de aquel frasco extraño a su vaso de agua, sonríe mucho y después se pone a jugar. Ese frasco extraño le agrega un humor especial a su abuelo, después de tomar su medicina se para a jugar, hace muchas bromas, lo carga en brazos y canta. Ahora duerme. Tal vez sea momento de agregar más gotas a su vaso. Pronto descubre que con solo apretar el frasco, el líquido sale sin ninguna complicación. Corre feliz a esconderse, con una gran sonrisa, esperando que dentro de poco el abuelo se levante a jugar.
Las rutinas son una de esos aspectos que se aprenden al inicio de la conciencia. Los niños a temprana edad descubren su independencia, esa libertad de moverse más allá de los brazos de la madre, les lleva a conocer y reconocer otros seres humanos, con los más cercanos a sonreír y jugar. Aprenden leyes de la física simples, como que al tirar una pelota esta eventualmente terminará en el suelo inmóvil por mucho que se la rebote. Si una tarde transcurre más o menos de la misma manera, el tiempo comienza a medirse de una manera intuitiva, todavía el embrión de ser humano no conoce lo que es una unidad de tiempo, no sabe que son los segundos ni las horas, no conoce las mediciones que a nosotros nos permite idealizar el transcurrir del tiempo, más sin embargo si siente en su interior que la vida ocurre en diversos instantes, que hay eventos que ocurren a la misma hora, se relacionan con la posición del sol, el viento, algún ruido rutinario, es su primer reloj interno, saben que a determinada hora llegará mamá, tal vez en la tarde el calor del día disminuya, el camión de la basura pasé con su ruido particular, y después de eso, por la puerta entrará ese momento tan preciado.
Ese ambiente medido de manera inconsciente le indica a nuestro bebé la señal que el abuelo no tarda en levantarse, espera pacientemente jugando con sus bloques de colores.
El abuelo se despierta como siempre a la misma hora, siente esa nuca fría que le hace despertarse en cualquier momento, es momento de hacer caso a la receta del doctor, agregue tres gotas a un vaso de agua para que llegue la euforia al tiempo que se relaje. ¿Qué extraña sustancia será esta que le hace olvidar al deprimente presente? Ya no tiene la curiosidad de antes, será mejor obedecer al doctor que lo ha mantenido tanto tiempo con vida.
A pesar de sus años, el cuerpo del anciano sigue siendo de gran tamaño, marcado por cicatrices y vida difícil, el se siente orgulloso de vivir tanto tiempo, pero aún así sigue siendo sensible a los sabores extraños, y el sabor de esta medicina siempre le ha resultado en extremo desagradable, aún y cuando quieran ocultarlo con un vestigio de aroma a uva. Así que por lo general se toma todo el vaso de un solo golpe.
El bebé observa al anciano en el marco de la puerta, alegre porque sabe que su plan se está completando, en su interior siente una alegría inmensa, diríamos que tal vez un orgullo por su precoz inteligencia. El solo espera que esa dosis extra de medicina le otorgue un vigor nuevo a su abuelo y los juegos se prolonguen por más tiempo.
El abuelo escupe en cuanto siente el sabor amargo, pero ya es muy tarde, medio vaso de medicina ha quedado dentro de su cuerpo. Por primera reacción antes de perder la percepción, observa la alegría del niño, el frasco de medicina en el suelo e inmediatamente comprende que pasó… una inocente travesura… o tal vez solo le da curiosidad.
El mundo de alrededor comienza a nublarse, las imágenes que tiene frente a él comienzan a doblarse, es como ver a través de una cerradura, los colores de las cosas cambian, el frasco en el suelo se derrite como hielo, unas líneas de color nadan alrededor de sus ojos, escucha música donde no hay, se tambalea al avanzar, con cada paso una nueva alucinación se presenta, su único deseo antes de perderse en el mar de locura alucinante es llegar al niño, y si es posible llegar hasta el teléfono, espera poder concentrarse para marcar.
Los colores se vuelven más intensos, intenta enfocar el rostro del bebé, es su único deseo, busca concentrarse, llega a hacer una aureola alrededor del niño, el mareo es intenso, el caminar se vuelve más difícil, el aire se hace denso, observa como el aire se transforma en vapores negros, cada vez que respira la luz se desvanece más…
El niño corre a ver a su abuelo caído, boca abajo con la mirada perdida y un ligero chorro de saliva escurre por su boca, intenta animarlo pegándole en la espalda, por alguna extraña razón recuerda cuando le fue regalado un pollito con el que se divertía mucho, pero que un día después de un gran abrazo dejo de piar…
Las rutinas son una de esos aspectos que se aprenden al inicio de la conciencia. Los niños a temprana edad descubren su independencia, esa libertad de moverse más allá de los brazos de la madre, les lleva a conocer y reconocer otros seres humanos, con los más cercanos a sonreír y jugar. Aprenden leyes de la física simples, como que al tirar una pelota esta eventualmente terminará en el suelo inmóvil por mucho que se la rebote. Si una tarde transcurre más o menos de la misma manera, el tiempo comienza a medirse de una manera intuitiva, todavía el embrión de ser humano no conoce lo que es una unidad de tiempo, no sabe que son los segundos ni las horas, no conoce las mediciones que a nosotros nos permite idealizar el transcurrir del tiempo, más sin embargo si siente en su interior que la vida ocurre en diversos instantes, que hay eventos que ocurren a la misma hora, se relacionan con la posición del sol, el viento, algún ruido rutinario, es su primer reloj interno, saben que a determinada hora llegará mamá, tal vez en la tarde el calor del día disminuya, el camión de la basura pasé con su ruido particular, y después de eso, por la puerta entrará ese momento tan preciado.
Ese ambiente medido de manera inconsciente le indica a nuestro bebé la señal que el abuelo no tarda en levantarse, espera pacientemente jugando con sus bloques de colores.
El abuelo se despierta como siempre a la misma hora, siente esa nuca fría que le hace despertarse en cualquier momento, es momento de hacer caso a la receta del doctor, agregue tres gotas a un vaso de agua para que llegue la euforia al tiempo que se relaje. ¿Qué extraña sustancia será esta que le hace olvidar al deprimente presente? Ya no tiene la curiosidad de antes, será mejor obedecer al doctor que lo ha mantenido tanto tiempo con vida.
A pesar de sus años, el cuerpo del anciano sigue siendo de gran tamaño, marcado por cicatrices y vida difícil, el se siente orgulloso de vivir tanto tiempo, pero aún así sigue siendo sensible a los sabores extraños, y el sabor de esta medicina siempre le ha resultado en extremo desagradable, aún y cuando quieran ocultarlo con un vestigio de aroma a uva. Así que por lo general se toma todo el vaso de un solo golpe.
El bebé observa al anciano en el marco de la puerta, alegre porque sabe que su plan se está completando, en su interior siente una alegría inmensa, diríamos que tal vez un orgullo por su precoz inteligencia. El solo espera que esa dosis extra de medicina le otorgue un vigor nuevo a su abuelo y los juegos se prolonguen por más tiempo.
El abuelo escupe en cuanto siente el sabor amargo, pero ya es muy tarde, medio vaso de medicina ha quedado dentro de su cuerpo. Por primera reacción antes de perder la percepción, observa la alegría del niño, el frasco de medicina en el suelo e inmediatamente comprende que pasó… una inocente travesura… o tal vez solo le da curiosidad.
El mundo de alrededor comienza a nublarse, las imágenes que tiene frente a él comienzan a doblarse, es como ver a través de una cerradura, los colores de las cosas cambian, el frasco en el suelo se derrite como hielo, unas líneas de color nadan alrededor de sus ojos, escucha música donde no hay, se tambalea al avanzar, con cada paso una nueva alucinación se presenta, su único deseo antes de perderse en el mar de locura alucinante es llegar al niño, y si es posible llegar hasta el teléfono, espera poder concentrarse para marcar.
Los colores se vuelven más intensos, intenta enfocar el rostro del bebé, es su único deseo, busca concentrarse, llega a hacer una aureola alrededor del niño, el mareo es intenso, el caminar se vuelve más difícil, el aire se hace denso, observa como el aire se transforma en vapores negros, cada vez que respira la luz se desvanece más…
El niño corre a ver a su abuelo caído, boca abajo con la mirada perdida y un ligero chorro de saliva escurre por su boca, intenta animarlo pegándole en la espalda, por alguna extraña razón recuerda cuando le fue regalado un pollito con el que se divertía mucho, pero que un día después de un gran abrazo dejo de piar…
martes, 13 de abril de 2010
Animación Chida
PIXELS by PATRICK JEAN.
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Written, directed by : Patrick Jean
Director of Photograhy : Matias Boucard
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