martes, 27 de abril de 2010

Muerte 3

El bebé ha jugado ya mucho con su abuelo, sus carros y su muñeco favorito. Su grande abuelo duerme, su siempre fiel vaso de agua se encuentra junto a su cama. En ese vaso coloca unas gotas, es su medicina. El pequeño niño, recién estrenado en el arte de caminar, observa siempre como a determinada hora, su abuelo agrega unas gotas de aquel frasco extraño a su vaso de agua, sonríe mucho y después se pone a jugar. Ese frasco extraño le agrega un humor especial a su abuelo, después de tomar su medicina se para a jugar, hace muchas bromas, lo carga en brazos y canta. Ahora duerme. Tal vez sea momento de agregar más gotas a su vaso. Pronto descubre que con solo apretar el frasco, el líquido sale sin ninguna complicación. Corre feliz a esconderse, con una gran sonrisa, esperando que dentro de poco el abuelo se levante a jugar.
Las rutinas son una de esos aspectos que se aprenden al inicio de la conciencia. Los niños a temprana edad descubren su independencia, esa libertad de moverse más allá de los brazos de la madre, les lleva a conocer y reconocer otros seres humanos, con los más cercanos a sonreír y jugar. Aprenden leyes de la física simples, como que al tirar una pelota esta eventualmente terminará en el suelo inmóvil por mucho que se la rebote. Si una tarde transcurre más o menos de la misma manera, el tiempo comienza a medirse de una manera intuitiva, todavía el embrión de ser humano no conoce lo que es una unidad de tiempo, no sabe que son los segundos ni las horas, no conoce las mediciones que a nosotros nos permite idealizar el transcurrir del tiempo, más sin embargo si siente en su interior que la vida ocurre en diversos instantes, que hay eventos que ocurren a la misma hora, se relacionan con la posición del sol, el viento, algún ruido rutinario, es su primer reloj interno, saben que a determinada hora llegará mamá, tal vez en la tarde el calor del día disminuya, el camión de la basura pasé con su ruido particular, y después de eso, por la puerta entrará ese momento tan preciado.
Ese ambiente medido de manera inconsciente le indica a nuestro bebé la señal que el abuelo no tarda en levantarse, espera pacientemente jugando con sus bloques de colores.
El abuelo se despierta como siempre a la misma hora, siente esa nuca fría que le hace despertarse en cualquier momento, es momento de hacer caso a la receta del doctor, agregue tres gotas a un vaso de agua para que llegue la euforia al tiempo que se relaje. ¿Qué extraña sustancia será esta que le hace olvidar al deprimente presente? Ya no tiene la curiosidad de antes, será mejor obedecer al doctor que lo ha mantenido tanto tiempo con vida.
A pesar de sus años, el cuerpo del anciano sigue siendo de gran tamaño, marcado por cicatrices y vida difícil, el se siente orgulloso de vivir tanto tiempo, pero aún así sigue siendo sensible a los sabores extraños, y el sabor de esta medicina siempre le ha resultado en extremo desagradable, aún y cuando quieran ocultarlo con un vestigio de aroma a uva. Así que por lo general se toma todo el vaso de un solo golpe.
El bebé observa al anciano en el marco de la puerta, alegre porque sabe que su plan se está completando, en su interior siente una alegría inmensa, diríamos que tal vez un orgullo por su precoz inteligencia. El solo espera que esa dosis extra de medicina le otorgue un vigor nuevo a su abuelo y los juegos se prolonguen por más tiempo.
El abuelo escupe en cuanto siente el sabor amargo, pero ya es muy tarde, medio vaso de medicina ha quedado dentro de su cuerpo. Por primera reacción antes de perder la percepción, observa la alegría del niño, el frasco de medicina en el suelo e inmediatamente comprende que pasó… una inocente travesura… o tal vez solo le da curiosidad.
El mundo de alrededor comienza a nublarse, las imágenes que tiene frente a él comienzan a doblarse, es como ver a través de una cerradura, los colores de las cosas cambian, el frasco en el suelo se derrite como hielo, unas líneas de color nadan alrededor de sus ojos, escucha música donde no hay, se tambalea al avanzar, con cada paso una nueva alucinación se presenta, su único deseo antes de perderse en el mar de locura alucinante es llegar al niño, y si es posible llegar hasta el teléfono, espera poder concentrarse para marcar.
Los colores se vuelven más intensos, intenta enfocar el rostro del bebé, es su único deseo, busca concentrarse, llega a hacer una aureola alrededor del niño, el mareo es intenso, el caminar se vuelve más difícil, el aire se hace denso, observa como el aire se transforma en vapores negros, cada vez que respira la luz se desvanece más…
El niño corre a ver a su abuelo caído, boca abajo con la mirada perdida y un ligero chorro de saliva escurre por su boca, intenta animarlo pegándole en la espalda, por alguna extraña razón recuerda cuando le fue regalado un pollito con el que se divertía mucho, pero que un día después de un gran abrazo dejo de piar…

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