Ella no puede dormir, el duerme plácidamente. No soporta los ronquidos de él. Además tiene una expresión pacífica, seguramente ha de soñar algo encantador. Por supuesto, casi siempre se hace lo que él quiere. Con todos los sueños cumplidos, cualquiera duerme bien. La comida tiene que ser del gusto de él. Sus horarios se ajustan o los de él. A la hora del placer el solo siente para él olvidando que son dos los que comparten una misma piel.
Ella tiene debajo del colchón esa bolsa, con sus dedos acaricia la bolsa. Es de un plástico como cualquiera, para guardar almuerzos, le gusto especialmente ese tipo de bolsa ya que los ruidos del plástico son apenas imperceptibles
El está de espaldas a ella, ella observa los pelos de la espalda, tal vez sea desagradable, pero ya se ha habituado. Después de un tiempo, uno se habitúa a todos los aspectos físicos del cuerpo desnudo del otro. Él se ha habituado a sus lagañas, así como al olor que ella emana de entre sus piernas. En ciertos días el aroma es muy penetrante ante su olfato femenino, pero a él no parece importarle, incluso en esos días en que a ella le parece más fétido, es cuando el acostumbra escribir el abecedario con la lengua. Realmente ella quisiera que él fuera más alto, pero algunas cosas se compensaran con otras. Supone que a él le pasa lo mismo que a ella, a lo mejor él prefiere otro color de cabello, o una cintura más ajustada, o tal vez ella esta describiendo a esa otra mujer, desde que ella la conoció sus sospechas se convirtieron en certeza.
La idea del ahogamiento le vino a la mente durante un reportaje acerca de los derechos humanos, en el cual denunciaban que la policía seguía utilizando las viejas prácticas de tortura de forzar confesiones colocando una bolsa en la cabeza del inculpado acompañándolo de golpes en las costillas. Al terminar su jornada laboral ella tenía la oficina para sí misma. Extendió una bolsa sobre el escritorio. Cubrió su cabeza y jaló. Sintió el ahogo, el aire que se agota rápidamente y la desesperación, la adrenalina subió a su cabeza. Por eso dice la etiqueta: “Esta bolsa no es un juguete, aléjese de los niños pequeños”.
Ella no lo odia por haberse ido con aquella mujer, tal vez ya lo esperaba de él. Lo que realmente le molesta a ella, es su egoísmo. Solo le ha pedido muy pocas cosas, sacrificios insignificantes, si es que se pueden considerar sacrificios. Detalles, como no desordenar demasiado el hogar, llevar el vaso a la tarja, doblar la ropa, orinar en el centro de la taza, todo aquello puede pasar desapercibido. Lo que realmente le molestó fue el desprecio por sus gustos. A ella le embriaga escuchar los cantos, especialmente los cantos religiosos de su iglesia. Eventualmente se ofician misas con violines y tenores. Dentro de la iglesia con el incienso encendido, la acústica de los grandes techos de bóveda de las iglesias, las imágenes religiosas y las historias crueles del primer testamento hacían que ella entrara en estado de misticismo total durante aquellas misas. Cuestiones no compartidas por él, siempre prefiriendo irse a otro lado, a embriagarse, jugar futbol, visitar a los amigos, ver televisión sin verla realmente, cualquier cosa excepto acompañarla.
Con la sutil delicadeza femenina, ella desliza sus dedos debajo del colchón, extiende delicadamente la bolsa frente a él, no es momento de pegarla al rostro, sabe que debe ser de un solo golpe, para que no tenga ocasión de respirar, observa por última vez el rostro de él que duerme plácidamente en su sueño pesado.
Ella pega la bolsa al rostro de él, fuertemente la jala hacia sí, mientras que con el pie en la espalda de él lo empuja, ella siente una fuerza extraordinaria, tal vez sea adrenalina, pero en ese momento ella tiene mayor fuerza, él no ha podido salir de su sorpresa, solo siente como su nariz es aplastada por una fuerza invisible, apenas cuando empieza a darse cuenta de lo que sucede, su último aliento es sofocado… todo se ha vuelto negro e imperceptible.
El esfuerzo que ella ha hecho, comienza a sentirse, los brazos sienten dolor, el aire hace falta, y el cadáver en su cama la horroriza, sin embargo la quietud de él la asombra, ha quedado unas marcas en su cuello y la nariz parece un poco chueca, no soporta su mirada perdida, así que cierra sus ojos. Busca un poco de maquillaje y sombras, sobre los parpados dibuja otros ojos, grotescos, pero más soportables. Se desnuda y cepilla su pelo, ella dormirá junto a él determinada a no separarse ni por un momento del lecho, se ha dado cuenta que ahora ama al cadáver sobre todas las cosas…
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